Dónde nace una idea

Todos, como lectores, nos hemos preguntado de forma recurrente de dónde nacen las historias, especialmente tras exclamar frases como “¡esta historia es cojonuda!”

Por regla general, estas nacen de una idea.

Cuando te enfrentas como escritor a un folio en blanco, el tener una idea sobre lo que escribir es el equivalente a un serpa cargando equipaje para subir al Everest, “su puta madre, otra vez…”

Te hastía el folio en blanco, no sabes sobre qué escribir, tienes ensoñaciones con escribir el guión que te abra las puertas (de lo que sea), que te reconozcan por tu obra antes de que seas un cadáver más. Para ello hay que tener una idea, pero… ¿dónde están?

Cada escritor (sí, escritor. Pese a que seamos guionistas, como bien dice mi compañero Adrián Benatar, hay que escribir lo que sea) tiene su truco. Trabajando se hace callo, esto es de conocimiento popular, pero escribir como pollo sin cabeza no es lo más apropiado.

Cada escritor, como lo que habita en su cabeza, es un mundo distinto, cada uno encuentra las ideas donde mejor le vienen o le parece. Teniendo en cuenta el constante bombardeo cultural por todos los sentidos y, como mencionó Aristóteles, todo está contado.

¿Qué es lo que yo puedo aportar? Hay infinidad de relatos de ciencia ficción, muchos más de acción, drama, suspense, romance… Así puedo estar enumerando hasta tener la barba como Panoramix; ¿qué puedes contar de forma diferente?

Tu visión, tu punto de vista, sencillamente . Cada uno somos distinto de otro, con inquietudes y sensibilidades diferentes, miramos el mundo de una manera personal y eso es lo nuevo que podemos aportar.

Las ideas, tras el chaparrón cultural sensitivo, nos pueden abordar de la manera más inesperada, tras mucha práctica o como cada uno quiera encontrarlas, ya sea de forma legal, alegal o ilegal; allá cada cuál con su mecanismo.

Pero por común denominador (y experiencia personal) suele venir cuando estamos relajados, cuando somos uno con el cosmos, cuando… Seamos honestos, estamos a nuestra puta bola.

Un ejemplo sencillo, a un elemento de nuestra vivienda no se le llama “el trono de pensar” por nada, pero bien es verdad que el servicio es uno de esos lugares de intimidad donde podemos conectar con nuestro bagaje cultural, con nuestro yo más profundo, con nuestro guía espiritual, con nuestro… ¡plop! <suena la cisterna>.

La ducha y “el trono” son dos sitios donde nuestra mente vuela porque estamos en un estado de relajación e intimidad óptimos. Tengo compañeros de profesión que también alegan que las siestas y el dormir les ayuda (desde mi punto de vista, una pérdida de tiempo para escribir y leer) y algún que otro habla de trabajos mecánicos: fregar platos, pasar la aspiradora o limpiar en general.

Vuelvo a citar el bagaje cultural de cada uno, ya que es una fuente importantísima de ideas. Todos somos susceptibles a lo que nos rodea, aquello que nos llama la atención se nos graba. La mejor manera de ejercitar la mente para generar ideas es asimilar las ajenas: lee, lee mucho, hasta la etiqueta del champú; leer es nuestra mejor herramienta para ejercitar la creatividad (libros aparte de cómic, que lo doy por sentado).

Así mismo, la música es un elemento fundamental para la búsqueda de una idea, nos transmite emociones que nos hacen recordar sucesos, vivencias personales o sentimientos muy primitivos frente a un estímulo. La música y las ideas van de la mano.

Los estímulos visuales: arte, fotografías, vídeos, películas o series son un elemento clave. Muchas veces este estímulo es el más recurrente, pues al fin y al cabo somos guionistas y pensamos en imágenes (congeladas o en movimiento).

Muchas veces para arrancar una historia imaginamos al personaje en una situación concreta o una acción que resalte dentro de un contexto, el cual empezamos a rellenar rápidamente. ¿Cómo he llegado a esto? ¿Quién es este personaje y por qué está en esta situación?

Creo que un elemento que olvidan muchos escritores a la hora de tener ideas, más allá de leer, ver series, películas y escuchar música, es tener vida. Sé que suena idílico que un escritor tenga vida, somos mohínos por naturaleza, nos gusta estar en pijama, chándal, bata o enrollados en una manta, a oscuras, escribiendo.

En serio, probad a salir de casa, bebed con desconocidos, hablad con un extraño en el metro o en la cola del supermercado, empaparos de la vida. Salid solos sin móvil a observar a la gente por la calle, en los bares, escuchadles hablar, pero mientras lo hacéis llevad algo de beber.

Pues si tengo que finalizar con una frase que lo resuma todo, como diría Tyrion Lannister: “Bebo y leo cosas”.

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