Diario de un guionista (Primera parte): La purga.

 ADVERTENCIA: Esta sección está llena de palabras malsonantes, generalizaciones inciertas, desconocimiento oculto e incluso el uso de horrible “Hoygan”. No te lo tomes tan en serio y coge solo aquello que te sea útil.

La primera vez que conocí a un guionista profesional fue en un salón del cómic. Se trataba de Juan Torres (A.K.A. “El Torres”), guionista reconocido y con mucha experiencia a sus espaldas malagueñas. Le enseñé el que fue mi primer e inmaduro proyecto, con la intención recibir algo de asesoramiento para presentarlo a editoriales.

Empezó a valorar los dibujos y a darme algunos consejos de trazo, posturas y algunos tecnicismos, a lo que respondí un tímido: “no, no… yo soy el guionista”, ese fue el punto de inflexión. Se hizo un silencio tremebundo, incluso podría decir que sus ojos lagrimearon un poco y… me abrazó mientras susurraba: “pobrecillo…”.

El Torres seductor

No lo voy a negar, en ese momento me sentó fatal. Yo era guionista, un buen guionista, algún día me tomaría algo con Alan Moore mientras Brian K. Vaughan me reía las gracias y Mark Millar le echaba un chorrito de whisky a nuestros cafés a escondidas. Mis historias eran buenas, era transgresor, sabía lo que me hacía, las ideas estaban bien hiladas, era… era idiota.

Brian K. Vaughan saludándome a mí y solo a mí

Desgraciadamente en ese momento no lo sabía, ni siquiera un guionista con tanta experiencia como Juan Torres me lo podía explicar, tenía que darme cuenta yo con el tiempo.

Lo más duro en el mundo del guion de cómic no es escribirlo, es hacerlo realidad.

El salto entre escribir una historia de piratas ninja en la comodidad de tu hogar y tener entre tus manos el cómic editado, es gigantesco. La primera parte de este diario tiene un único objetivo: desanimarte, quitarte de la cabeza eso de escribir cómics en particular y escribir en general.

Sonará cruel, pero es lo mejor. No soy yo, eres tú. Si después de enfrentaros a este artículo, quieres llevarme la contraria, serás una persona preparada para los consecutivos golpes. Bueno, en realidad no, nada te prepara para eso, pero al menos sabrás que no estás solo o sola en esto.

Empecemos por el principio: no soy nadie. No tengo una trayectoria, ni obras referentes, ni nada parecido. Solo tengo algo de experiencia y aún soy joven y vivaracho para seguir intentándolo. De igual manera, tú tampoco eres nadie y quizá eso nunca cambie. Los guionistas no existen en la psique del populacho, solo ven el resultado, pero no la arquitectura que hay detrás.

¿Sientes los poderes cósmicos que nacen en tu cerebro y tus dedos crean? Esa magia que te hace único y especial, que hace que mires y observes el mundo con otra mirada. A nadie le importa, en serio, a nadie. Cuando vayas a vender un proyecto, lo primero que mirarán serán las páginas de muestra, lo primero y posiblemente lo único.

Si tienes suerte y consigues sobrepasar ese muro con pinchos, a los lectores a los que llegues quizá sí que les importará esa historia que hay detrás.

El dolor

Crear es doloroso, además somos tan exigentes que necesitamos una mezcla de felicidad, ego e inconformismo para funcionar. Escribir es algo solitario, no digo que la persona lo sea, pero siempre tienes que pasar por ese momento en el que te encuentras únicamente tú frente a una página en blanco y aterra (aunque hay truquis).

Hablaría de la relación de dibujante y guionista, pero lo dejaré para otro momento porque exige hacerlo en profundidad y seguro que mis compañeros lo tocan de una manera u otra. Siendo la relación más importante en esto de los cómics puede ser muchas cosas menos simple.

Si restamos la visión profesional de todo esto, escribir guiones mola. Te desatas en soliloquios, enrollado en una manta, con la persiana bajada y te ríes de tus propias mierdas.

Es lo más parecido a padecer alguna enfermedad mental, pero sin tener que medicarte (demasiado). Pero, como he dicho, el ego y el inconformismo forman parte de toda esta historia y no nos basta con disfrutar del bello arte de escribir, queremos que otros lo lean, que disfruten y, si es necesario, que se toquen un poco. Aunque cuando mostramos, con algo de ansiedad, algo que hemos escrito a alguien y nos responde con un “está bien”, es peor que una patada en el hígado.

Dolor, ignorancia, padecimiento, vacío… ¿de verdad quieres escribir? ¿Todavía no te he desanimado? Bueno, pues sigo.

En España se publican muchos cómics, tenemos una buena oferta, aunque no completa. Desgraciadamente la mayoría de lo que se publica es importado. Según el informe de “Tebeosfera”, en relación al origen de las novedades publicadas en España:

 

¿Veis donde está España? Quizá no tengamos ni mercado en tierra patria, quizá tengamos que coger un hatillo e irnos a probar suerte al extranjero, con todas las complicaciones que ello conlleva.

Solo hemos hablado de algunas cosas negativas que tiene dedicarse profesionalmente a esto de escribir cómics.

Hay unas cuentas más de índole personal que iremos descubriendo cuando sea necesario.

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Mark Millar lo ha pasado regu y mira como se ríe.

Entonces, ¿por qué existimos unos cuantos mamarrachos empeñados en dedicarnos a esto? ¿Por qué no te he desanimado con estos datos objetivos y experiencias vividas en carnes propias? Quizá es porque somos idiotas, aunque también puede ser por pura supervivencia.

Necesitamos escribir, necesitamos hacer disfrutar a desconocidos que no recordarán nuestro nombre.

Ser demiurgos de algo ficticio es algo que te realiza, aunque siempre tenemos ese componente de Ícaro que nos lleva a intentarlo hasta arder en el proceso. ¿Te has quemado? ¿Te han quemado? Joder, ¿no te he dicho ya que no eres especial?

Lámete las heridas y sal ahí otra vez. No tienes elección, así que no me discutas.

 

 

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